lunes, 3 de diciembre de 2012

González Rodríguez: "El debate y sus saldos"

Artículo de Sergio González Rodríguez escribe en la sección cultural El Ángel de Reforma: "El debate y sus saldos"
El suceso cultural de 2012 fue el debate contra el otorgamiento del Premio FIL de Literatura a un plagiario. Como nunca en los últimos años, se expresó una oposición firme y argumentada, de resonancia internacional, por parte de escritores, periodistas y académicos que se negaron a aceptar la prepotencia y dolo de funcionarios y ex funcionarios que atropellaron las reglas de la convocatoria de dicho premio, e insistieron en salirse con la suya por encima de toda racionalidad.

El episodio atestigua las dificultades de la crítica en una sociedad acostumbrada a que los debates y los diálogos sobre asuntos de interés colectivo sean organizados por el poder público o el poder privado. Formas de autolegitimación que culminan casi siempre en actos de mera propaganda. Del debate contra la premiación a un plagiario, se abstuvieron ahora por conveniencia muchos que poco tiempo atrás condenaron las prácticas del plagio en las letras. Semejante silencio subraya que sus intereses y negocios políticos son más importantes que la defensa del derecho.

Dicho debate expone dos posturas decisivas hacia el futuro que forman parte de las realidades socioculturales y políticas de México: por una parte, está la sinrazón burocrática, exponente de la alegalidad, la práctica arbitraria fuera del marco normativo que manipula éste con el fin de plegarlo a sus objetivos particulares; por otra, la razón crítica, que busca resguardar las normas jurídicas y del lenguaje de las que depende la convivencia colectiva. La vigencia, garantía y respeto a los derechos de Propiedad Intelectual, la cultura de la legalidad y el apoyo a la creatividad propia son algunos de los requisitos democráticos de las sociedades actuales.

Las violaciones a las reglas, las trampas, las complicidades institucionales que hicieron posible que el plagiario y sus patrocinadores consumaran el desplante ilícito de regalarle un premio a quien estaba y está impedido de recibirlo (son públicas las sanciones legales que se ha ganado aquel sujeto, así como los alardes y mentiras reiteradas sobre sus propios actos), consignan que la sinrazón burocrática, tan vigente en el régimen de Felipe Calderón Hinojosa y tan identificada con los peores usos y costumbres de la subcultura política en México, se impone como uno de los lastres a combatir a fondo si se desea de verdad un orden social de mayor igualdad y transparencia.

El Premio FIL a un plagiario contumaz muestra la irresponsabilidad de los organismos implicados en la ilicitud: Conaculta, Fondo de Cultura Económica, Universidad de Guadalajara y la Feria Internacional del Libro de Guadalajara, que en ningún momento manifestaron su compromiso institucional respecto de las normas que están obligados a defender y garantizar, es decir, los derechos de Propiedad Intelectual, que el Estado mexicano ha suscrito en tratados internacionales. Resulta lamentable también el silencio al respecto de las comisiones de cultura del Senado y de la Cámara de Diputados, así como de la Universidad Nacional Autónoma de México, El Colegio Nacional, la Academia Mexicana de la Lengua.

El debate contra el otorgamiento del Premio FIL a un plagiario evidenció la cortedad de éste y sus patrocinadores. Sus réplicas a los cuestionamientos han sido un conjunto de disparates que confunden derecho con moral (dos esferas muy distintas), derrota argumentativa con actitud victimista y vindicación de la arbitrariedad en lugar de respeto a las reglas. No faltaron aquellos que, en nombre del chantaje amistoso o la simple simpatía, apoyaron la vileza a ciegas.

Como en todo debate, queda un remanente irrisorio por parte de los practicantes de la sinrazón burocrática: la pretensión del "borrón y cuenta nueva", de "voltear la hoja y mirar al frente", de convocar un futuro de "humanismo", cuando ignoran que lo que defienden es por completo antihumanista.

El colmo de la ironía está en proclamar un jurado "impecable" en el episodio. Su impecabilidad fue tal que violó las reglas establecidas. Es comprensible el deseo de olvidar cuando se sabe que los hechos infamantes pesan más que las mentiras.

De entrada, el jurado admitió entre sus miembros a alguien que estaba, y está, inmerso en un conflicto de interés. El jurado violó las bases de la convocatoria al premiar a un sujeto condenado por plagio en su país, pues el Premio FIL es, como se lee en su base primera, "para escritores con una obra valiosa" ("Valioso: Se aplica a la persona de grandes cualidades morales o intelectuales": Diccionario del uso del español de María Moliner). Es decir, aquella frase sobre la obra digna de premio remite a la calidad moral o intelectual, de alcance conjunto o total y de índole propia. Para premiar al plagiario, el jurado seccionó de su obra los textos plagiados, contra la letra y la sustancia de las normas del premio.

A su vez, el Consejo de Premiación violó las reglas de la convocatoria al entregar al plagiario semanas atrás el premio en su casa de Lima, Perú, ya que se afirma: "Novena Base: El Premio FIL de Literatura se entregará en la Ciudad de Guadalajara, la última semana del mes de noviembre en el marco de la Feria Internacional del Libro de Guadalajara". Dicho Consejo y las instituciones patrocinadoras avalaron este atropello adicional desde la sinrazón burocrática: yo decido cuándo sí o cuándo no valen las reglas.

La farsa del otorgamiento del Premio FIL al plagiario se basa en algo contrario a la legalidad: la decisión "inapelable" de un jurado, al mismo tiempo que se soslayan sus violaciones flagrantes a las reglas de la convocatoria. Alegato absurdo: un rango inapelable que agrede la norma superior. Por lo tanto, la situación autoritaria está en defender un premio ilícito y en el propósito de alterar la lógica, el principio de legalidad y el respeto al lenguaje en un ámbito que debe preservar su cumplimiento. Por fortuna, el debate ha puesto las cosas y a cada quien en su lugar.

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